miércoles, 27 de marzo de 2013

RÉQUIEM


Los auriculares echan humo. Tu cantante favorito canta algo que no logras entender. No molesta. Respiras más lentamente. Desenfocas. Los párpados se vuelven plomo y tus labios se entreabren. De repente, te encuentras en un estado de confusión. Tu mente hace las maletas y se larga al País de las Maravillas. Tú te dejas llevar. No importa. Dejas escapar el poco aire que te queda por la nariz y ya está. Estás KO. Dormido.

Mientras tu cabeza da vueltas de campana, los demás se preguntan si te habrás desmayado. Esa posición tan incómoda se vuelve blanda como el algodón. ¿Un grito? Un susurro. ¿Un golpe? Una caricia. Sólo importa el pum-pum de la canción, el hecho de que estás lejos, el estado de aturdimiento que te ha dejado el cansancio. Pese a todo, oyes las siluetas y hueles los estados de ánimo. Tienes el presentimiento de que no ha sido una buena idea irse tan pronto. ¿Me voy a perder algo? Automáticamente una voz te recuerda algo: qué más da. Se está genial así. Sin saber nada. La ignorancia es la felicidad. Respiras profundamente, como tu sueño. Te caes. Te mueves. Te hacen caer y te mueven. Eres un peso muerto.

El aire huele a calabaza. Oyes murmullos lejanos, pero desconoces lo cerca que están. Abres los ojos más rápido de lo que deberías. De lo primero que te das cuenta es que no estás en la plazoleta del pueblo. Esto es un sitio cerrado. Incluso dirías que claustrofóbico. El suelo está húmedo y pegajoso, haces una mueca de asco y te das cuenta de que tienes la cara entumecida. ¿Demasiado rato inconsciente contra el suelo? ¿Un bofetón? No sabes nada. Impotencia.

Los murmullos ajenos se vuelven chillidos. Como un rayo, tus ojos empiezan a analizar la situación. Inconsciente. En un sitio desconocido. Te duele el cuerpo. ¿Eso que molesta tanto es la resaca? Intentas ponerte de pie lentamente para no marearte, en vano. Clic. Te giras tan despacio y cautelosamente que pareces un robot. Aún aturdido, visualizas un hombre. Es viejo, pero no debe tener más que sesenta años. Con un rifle en las manos, apunta a tu frente. Los ojos como naranjas, la piel de gallina, el cuerpo erguido. Intentas conversar con él de forma civilizada pero al abrir la boca sólo sale aire. En shock, te rodeas el cuello con las manos. ¿Y mi voz? El hombre, tembloroso, te advierte que no hagas nada de lo que puedas arrepentirte. La nariz pica. Los ojos escuecen. Gimes de miedo. Lágrimas suicidas quieren deslizarse ya por tus mejillas, pero no las dejas salir. Levantando la cabeza, miras a tu captor a los ojos. Inyectados de sangre, mantienen una exagerada atención al cañón del arma, evitando el contacto ocular con cualquier otra cosa. Un golpe seco abre tu celda.

La luz molesta, la puerta ha rozado tu pelo. Te enderezas en cuestión de segundos, mirando al frente. Sudor frío del que no te habías percatado desciende por tu espalda. Una eléctrica sacudida te devuelve al mundo real. Ignoras la identidad del ser que se halla frente a tus ojos. Extrañamente, te sientes como en casa. La criatura se presenta. Se hace llamar Murray. Te olvidas de su nombre. Esbozas un intento fallido de sonrisa por cortesía, incomodado por el horrible rostro de éste. El arma, pero, sigue en su sitio en perpetua amenaza. El recién conocido te ofrece salir de la habitación. Tu respiración se acelera. ¿Qué está pasando? Las dudas te martillean el cerebro. Cierras los ojos con fuerza, pero sigues en el mismo lugar, siguiendo a la silueta parlante. Como si de una visita turística se tratase, te habla con pura naturalidad. El miedo te enmudece. Cuanto más caminas, mejor te sientes. El pasillo por el que… ¿andáis? es luminoso e infinito. Puedes ver la sangre en el suelo. La larga túnica que viste tu guía. La falta de ventanas en el recinto.

Los dedos de las manos se tornan azules. Haber perdido los zapatos no ayuda a superar el exagerado frío que empieza a hacer. Tu compañero se gira y te mira, sonriente. Escalofrío. Quieres volver. Coges aire para hablar, pero lo sueltas en forma de suspiro. Las palabras "quiero irme" mueren en tus labios, y el deseo de huir sigue en aumento. Nadie te lo habrá dicho antes, pero no se puede escapar de la muerte.

La larga caminata concluye al llegar a una enorme sala. Al menos doscientos hombres trajeados se giran a la vez cuando pones un pie dentro. Máscaras de calavera. Corbatas escarlata. "Sólo importa el pum-pum de la canción…". Gritan tu nombre. Parece que hayan pasado siglos desde que lo oíste por última vez. Sigues el sonido del llanto hasta la última mesa del salón. Una mujer de rostro totalmente familiar te sonríe llorando. Tu corazón se rompe. Tu fachada de tiza se desvanece. Gritas. Lloras. Ríes. Abrazas. Tu madre ha vuelto a tu lado. Boom.


Ahora es cuando te das cuenta. No es un sueño. No es un milagro. No es un secuestro. Te has conducido hacia tu autodestrucción. Los latidos de tu corazón se adormecen. Tu madre murió. "Los párpados se vuelven plomo y tus labios se entreabren. De repente, te encuentras en un estado de confusión". No puedes hacer nada. La luz se hace más clara. Y más, y más. No puedes creerlo. Cierras los ojos. Después de todo, sólo puedes hacer una cosa; dejarte llevar.


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