jueves, 10 de enero de 2013

Doctor Fresquito


Los médicos siempre me han parecido personas inteligentes, que saben lo que hacen y que transmiten confianza. Pues bien, el Doctor Fresquito no lo hace. En absoluto.

Es mi médico, y lo conocí hace nada. Tiene los ojos azules (para mí, rasgo típico de la vejez y de los médicos, no sé exactamente la razón), la piel algo morena y arrugada, y el pelo grisáceo, con algo de alopecia asomando por su cabecita.

Habla el catalán de una manera demasiada correcta. Con palabras cultas y sin expresiones españolas por en medio. Parece un robot porque nunca modifica su tono de voz. Contradice todo lo que mi otro médico dijo, y viste una bata ¿blanca? con su ficha con su nombre. Está serio, a penas sonríe, y no hace bromas acerca de nada. Creo que es un Cylon.

Si fuese sólo eso, quizá no sería tan… ¿escalofriante? Pero esperad, aún hay más. Es algo bizco. No mira a los ojos. Se queda mirándome la punta de la nariz, los labios o mi collar mientras habla. Es algo incómodo, porque cuando intentas aportar información a la conversación (más bien monólogo), te corta y sigue hablándole, muy concentrado, a tu nariz.



Su entorno es todavía más extraño, por decirlo de alguna manera. Trabaja en un hospital de mala muerte. Es un espanto de lugar. Cuando entré, lo primero que pensé fue; "¿Para no pagar al otro médico privado nos vamos a uno de la seguridad social, y nos llevan al Hospital del Tórax?".

Para los incultos que no sepáis qué es el Hospital del Tórax, os haré un breve resumen porque no quiero irme del tema. Es un Hospital abandonado a las afueras de Barcelona, donde algunos directores de cine de terror han rodado allí algunas de sus películas/escenas sobre hospitales terroríficos. Antes solía ser un hospital normal, y ahora muchos adolescentes imbéciles van allí a grabarse y hacerse los valientes. Fin.


Seguimos con el hospital del Doctor Fresquito. Las paredes, pintadas de un color que en sus tiempos sería verde vivo, ahora eran verde sucio, de ese verde moco deprimente. Se despegaba de las paredes y había carteles de 'Silencio' y de 'Gracias por no llamar a la puerta, le llamaremos nosotros'. Su sala de espera era como una antigua sala de discursos universitarios, todas las sillas blancas y rotas por todos lados, y un montón de puertas con números rojos al lado.

La de Fresquito era la 6. Nos llamó él mismo, y en ese momento pude ver lo altísimo que es. 

Entramos en su consulta y fue otro impacto ocular. Las paredes, blancuzcas y sin pósteres motivacionales sobre su oficio, parecían que se iban a derrumbar de un momento a otro. Sólo contaba con dos ventanas en lo alto de la pared a sus espaldas, que estaban cerradas y con los cristales negros de suciedad. No había ningún diploma, ningún certificado de que él era realmente el Doctor Fresquito y no un traficante de drogas.

"En el otro médico habían ventanales que iluminaban toda la consulta llena de libros y diplomas" pensé, con voz de niña de cinco años. Todo eso me superaba. No demasiado, pero me quedaba bastante de piedra conforme iba pasando la tarde.

Mi madre (porque sí, me acompaña mi madre al médico al ser menor, ¿recordáis?) intentaba explicarle exactamente al Doctor Fresquito lo que me pasa, pero él no escuchaba, sólo leía los informes del otro doctor, negando con la cabeza. Comentaba cosas que no venían al caso, nos preguntaba cosas que eran obvias porque estaban escritas en letra enorme y negrita y nos miraba como si nos sobraran cromosomas.

Al despedirnos (después de quizá 45 minutos, pero me parecieron dos años), nos dio la mano. Primero a mi madre, sin mirarla, y luego a mi nariz a mí. Su piel estaba sequísima. Como el papel. Me estremecí antes de salir casi corriendo de la consulta y dije un ADIÓS lo bastante alto como para que me pudieran oír todos los ¿pacientes? de ese ¿hospital?


Volveré allí en quince días. No os miento al decir que no me hace ningún tipo de ilusión. Quizá he exagerado algunas partes, pero hay otras que las he decidido eliminar por exceso de surrealismo.


Deseadme suerte.



Nota: Me ha parecido gracioso traducir el segundo apellido de mi doctor al castellano. Se llama M. C. Fresquet en catalán.

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