miércoles, 7 de noviembre de 2012

Efímera inspiración [2]



- Que no, Pablo, hostias, que me dejes. – Le gruñí, apartándolo de mí.

- Vamos, Dani, sabes perfectamente que esto no va a ninguna parte… - Gemía, riéndose y balanceándose de un lado a otro.


Era domingo por la mañana.  Andábamos por una calle oscura pese a que eran ya las once. Pablo tenía resaca, y yo, estúpida de mí, le acompañaba al psiquiatra. Otro domingo más presentándose al médico con alcohol aún en la sangre. Un aplauso al gilipollas.


- Déjalo ya, Pablo. Tienes que ir, y lo sabes. Lo necesitas. – Le intentaba convencer, cogiéndolo del brazo al torcer la esquina que daba a la consulta.

- No, no tengo porqué ir, joder. No tengo porqué seguir con esta mierda. Es... – Empezó la frase riendo, pero un sollozo escapó de entre sus labios secos.

- Sí, debes ir. Explicar todo lo que sientes a alguien que sabe lo que te ocurre es bueno para ti y para tu vida. – Dicté, casi de memoria. ¿Cuántas veces se lo había repetido ya en todo ese tiempo?

- Te tengo a ti, Daniela.

Eso me tocó hondo. Me explotó en la cara como una granada de mano. Nunca me había dicho eso. Siempre respondía chorradas como "Ese tío no sabe cómo soy", "Tiene cara de culo", etcétera. Esta vez, era diferente.


Mi amigo me miró a los ojos. Yo le miré a él. Tenía la cara roja, los labios hinchados y el aliento le apestaba a sucio. Su pelo, brillante color cobrizo, estaba grasiento y despeinado. La fiesta del sábado fue demasiado para él, pensé.


Eso era lo malo de ser Pablo. Fiesta que organizaban, fiesta que acudía. Daba igual dónde, cuando y quién, él siempre venía con un paquete de seis birras bajo el brazo. O eso me contaba. Yo era alérgica a las fiestas, no las aguantaba. Demasiado pulpo suelto.

- ¿Pablo Méndez?

Él ya había entrado cuando levanté la cabeza al oír el sonido de la puerta. Saqué de mi mochila el libro y un bolígrafo lila de punta fina. Desde que me lo entregaron, no me había separado de él.


Era de tapa dura color negro, y las hojas, algo amarillentas, desprendían un olor a papel viejo. Me encantaba. En él escribía todo lo que pensaba, todo lo que sucedía en mi vida, Pablo. La primera hoja seguía ahí, intacta, con esa frase que me conmocionó. ¿Quién me lo podría haber mandado? ¿Por qué? Eso daba igual, ahora me pertenecía y podía escribir todo lo que quisiera. Si tenía un mal día, lo escribía ahí y el peso en el pecho iba desapareciendo.


Virginia sabía que poseía ese cuaderno. Era la única de mis cuatro amigas que sabía eso. Pero nadie sabía que Pablo iba al psiquiatra, y menos que la perdedora de Daniela le acompañaba. Me sentía impotente. Quería chillarlo, gritarlo a los cuatro vientos, quería expresar todo lo que sentía a los demás como lo hacía con el libro.


Pero yo sabía que era imposible. Si me iba un poco de la lengua, Pablo no volvería a hablarme en su vida. Me pegarían a mí y se reirían de él. Si eso que estaba sucediendo entre los dos ya era un infierno insufrible...

- Hey, Dani.

Cerré inmediatamente el libro. Del susto que me dio, me puse de pie.

- ¿Qué? ¿Ya está? Pero joder, no hace ni dos segundos que has entrado. – Tartamudeé, intentando esconder el libro.

- Sí. Y he estado dentro casi dos horas, ¿es que no estás aquí? – Rió. Aunque seguía sucio por fuera, había mejorado. Estaba sonriendo, sus ojos brillaban y ya no se tambaleaba.

- Euh… Sí, sí, estoy aquí – Reí, incómoda. - ¿Vamos? – Propuse, señalando la puerta.

- Oye… - Susurró. Fue un murmullo casi inaudible, rozando el sonido del viento. Pero lo oí. –…gracias.


-


Matemáticas. Lunes por la mañana. El olor a humanidad era insoportable en el aula. Al menos cinco personas se estaban saltando clase en aquel momento. Entre ellas, Pablo. Suspiré, mirando por la ventana. Lejos, se veía el mar. Parecía de oro por el reflejo del sol. Mi compañero de mesa, Gorka, dormía plácidamente sobre los apuntes.


- ¡Daniela! ¡A la pizarra! – Me ordenó la profesora. Tenía al menos 890 años, unas gafas de montura marrón con cristal amarillento haciendo conjunto con sus dientes de fumadora compulsiva. Y lo peor: me tenía manía.

La pizarra en cuestión era blanca nuclear, enorme, llena de ecuaciones irracionales y bicuadradas. Su puta madre sabe hacer eso, señorita, quise gritar. Me callé, sonreí y me levanté de la silla, despertando a Gorka, que saltó del susto. 

- Hmmm… - Iba murmurando la profesora. – Bien. Vale… Sí.

Hallé el valor de X y volví a mi sitio.

- Vale, correcto. Veamos, ¿veis qué ha hecho Romero? Bien, pues…

Dejé de escuchar. Simplemente desconecté. Otra vez. Miré el reloj. Faltaban veinte minutos. Miré hacia la puerta. Estaban Pablo y su grupillo, riendo y corriendo. O eso veía a través del asqueroso cristal. Infantiles. Pesados. Estúpidos.


Por desgracia, mis amigas hacían física a esa hora, así que me encontraba sola en el aula. Para no morir de aburrimiento, me giré hacia Gorka y le sonreí tristemente.

- Puto sueño, hostia. – Gruñó. No recordaba que fuese tan… él. 2 de cada 3 palabras que soltaba, eran tacos.

- Síp. A ver si se acaba la clase de una vez ya. Qué jodido coñazo. – Intenté imitar su postura de malhablado pasota, pero me salía demasiado falsa. Parecía idiota.

Lo notó, y rió.

- Yo creo que algún día saldrá algo de su cabeza. – Dijo, señalando el pelo de la profesora. Era lila y era al menos 99'99% de laca, ya que ese peinado desafiaba las leyes de la gravedad.

- No veas. – Gruñí, imitándolo, poniendo voz grave y mirada a lo Clint Eastwood.

Eso nos hizo reír a los dos. Reíamos como idiotas. Reíamos como niños pequeños cuando otro decía "caca". En realidad, Gorka no era tan raro como creía.

- Destornillante, ¿eh, señorito Olmedo y señorita Romero? Tronchante. Incluso podrían hacer una comedia sobre las ecuaciones con tres incógnitas. Ja-ja-ja. – Nos regañó la profesora.


Pero qué asco me daba, Dios.

Qué asco me daba todo.

Miré otra vez hacia la puerta. El rostro de Pablo ocupaba todo el cristal. Me estaba mirando, con una sonrisa en la comisura de los labios.

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1 comentario:

  1. Holis, me proclamo fan, muy fan, de tus momentos de inspiración efímera. Es que lo leo y lo leo, y lo leo y pienso ''Joder, ¿por qué cojones no puedo seguir leyendo esta historia?''. Realmente, me encanta. Además me encantan los nombres que elegiste para los personajes, detalle poco importante pero gadhacfsdd no sé. Y respecto al texto de abajo, me siento tan tan tan tan tan tan tan tan pero tan identíficada con la respuesta que te gustaría darle a tu madre que lloro y tal. ASDFGHJKJLÑ.

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