miércoles, 21 de noviembre de 2012

Efímera inspiración [3]

Nunca pensé que llegaría a "caer tan bajo" (como dice Daniela), pero por lo que parecía, había caído bajo. Mejor dicho, había caído hasta las profundidades del hoyo del "caerbajismo".

Otro domingo por la mañana. Otra mañana con ella. Daniela me sostenía y prácticamente me llevaba a rastras hacia el psicólogo. Me dolía la cabeza. Me dolía MUCHO la cabeza. MUCHÍSIMO. Notaba como si mi cráneo fuese una caldera ardiendo. No veía bien. Notaba los ojos, pero como si fueran canicas. Me daba asco. Seguro que Daniela también sentía asco. Debía dar pena. Tenía la lengua seca, como rota. Ya nada podía salvarme de la mierda de vida que había escogido. Tenía que decírselo. Decirle que no podía más.


- Vamos, Dani, sabes perfectamente que esto no va a ninguna parte… - Intenté vocalizar, riéndome sin quererlo al oír mi voz. Sonaba oxidada. Como los cambios de una bicicleta después de mil años sin usarla. No podía mantenerme en pie, así que iba apoyándome en ella.

- Déjalo ya, Pablo. Tienes que ir, y lo sabes. Lo necesitas. – Me regañaba. Ya sabía esa frase. Me la conocía demasiado bien. Además, la pronunciaba sin sentimiento en la voz. Se estaba cansado de mí.

- No, no tengo porqué ir, joder. No tengo porqué seguir con esta mierda. Es... – Inútil, quise acabar. Pero no pude. Un vacío me rodeó. Los ojos me escocían y no sabía cómo continuar.
- Sí, debes ir. Explicar todo lo que sientes a alguien que sabe lo que te ocurre es bueno para ti y para tu vida. – No. No, Daniela, no lo es.


No era bueno para mí si le contaba a un tío que no conocía nada de mi vida algo que no le importaba. No era bueno para mí cuando sabía que el tío de blanco impecable que me miraba con ojos indiferentes y asentía cada treinta segundos cobraba por horas, y encima le pagaba mi madre.


Nada era bueno para mí…

- Te tengo a ti, Daniela. – Dije.

En realidad, se me escapó. No quise decirlo en voz alta. Pero lo dije. Ella me oyó, me miró. Me examinó el rostro. Esa mirada, esa mirada que echa cuando ve un problema de matemáticas en la pizarra. Esa mirada que echa cuando se concentra en algo. ¿En qué estaría pensado? En realidad, ya no importaba. Habíamos entrado en la consulta.

- ¿Pablo Méndez? – Me llamó Carolina. Esa mujer de casi ochenta años era la ayudante/enfermera/secretaria de Sam, Samuel Muñoz, mi psicólogo. Mi pesadilla.


Dirigí una última mirada a la chica de ojos tristes sentada en la sala de espera y entré.

Como siempre, el fuerte olor a colonia y viejo me tiró hacia atrás.
Como siempre, los enormes ojos azules de Samuel me miraron.
Como siempre, me preguntó si había bebido.

Y como siempre, le dije que sí.

- ¿Cuántas veces tendré que repetirte, Pablo, que no bebas? Es malo para ti, para tu hígado y para los demás. – Dijo, por 923840932984039890 vez en todo el mes.


Para los demás, YA. ¿Por qué? ¿Acaso les contagiaba mi resaca? ¿Acaso potaban? NO. Pues ya está, pensé. Pero luego me vino a la cabeza Daniela. Sam debió notarlo, ya fuera por mi cara o por mi postura, pero dijo:

- ¿Ves? No puedes seguir así. Debes cambiar. – Murmuró, sonriendo, señalando con el dedo mi silla delante de él y tomando su bloc de notas.

En vez de enojarme como siempre y mandarlo a la mierda, decidí hacer caso por una vez a Daniela y me senté.

- No puedo. No puedo cambiar. No puedo cambiar de grupo, ni de forma de vida. Esta es la vida que se eligió para mí desde lo de… - Intenté explicárselo, intenté abrirme a alguien, pero no pude. Mi boca se cerró de inmediato al intentar pronunciar su nombre, al intentar recordar lo que sucedió.

- Pablo… tu madre está muy agobiada a causa de tu problema con el alcohol y tu falta de asistencia a clase. Antes eras un bueno, Pablo: sacabas buenas notas, ayudabas en casa y tenías pensado ser médico. ¿Dónde se esconde ese chico? – Me dijo. Su tono de voz era afable, su mirada cálida, y su intención parecía buena.


Lo peor fue que casi me lo creí. Todo eso, las palabras y los pensamientos de Sam, eran de mi madre. ¿Por qué me enviaba a un psicólogo pudiendo hablar conmigo? Una única palabra se me pasó por la mente.

Miedo.

Esa palabra me atravesó el pecho, me hirió. Me sentí mal conmigo mismo. No quería seguir yendo allí. Quería explicárselo a mi madre; pero sabía que no sería capaz.

- ¿Pablo?

Supuse que había estado quizá unos diez minutos mirando al vacío.

- Sí, sí. Tienes razón, he cambiado. Tengo mis razones, pero no soy capaz de explicarte todo. No confío en ti. – Confesé. La verdad es que no se le notó afectado, cosa que me alegró pero a la vez me extrañó (estúpidamente). – No puedo contártelo a ti. Prefiero decírselo a Daniela, o hasta incluso a mi madre, contigo… No. Contigo quizá pueda sincerarme y contarte lo que me pasa durante el día, pero las razones… No. – Creo que nunca fui más sincero con Sam que con ninguna otra persona hasta ese momento.

- Te entiendo. Tienes todo el derecho a no contarme nada si no quieres.


Sonreí por primera vez en todo el día.

-

No hay comentarios:

Publicar un comentario