sábado, 24 de noviembre de 2012

Metamorfos


A veces me pregunto qué hago aquí. Si estoy para molestar, si estoy para hacer algo con mi vida… Supongo que no soy la única que se lo cuestiona a veces. Tengo la esperanza de no estar sola en esto de vivir sin motivo. Y a veces, al pensar todo esto, llego a conclusiones tontas, a pensar cosas que hace la gente y no se da cuenta.

Mil veces me pregunto hasta qué punto podemos llegar para llamar la atención de alguien. Ponerse ropa distinta, cambiar de amigos, adelgazar, ser alguien que no se es. Y es algo triste, francamente. De vida sólo tenemos una, que yo sepa, y para malgastar el tiempo en alguien que no vale la pena me parece patético. Además, ¿para qué? ¿Adelgazar por alguien? ¿Cambiar de amigos por alguien? ¿Y si ese alguien no es como crees? ¿Qué harás con tu cuerpo, tu nueva vida? ¿La tirarás a la basura? Creo que no puedes hacer eso.

A parte del tema amoroso-platónico que podemos llegar a sufrir muchas veces, también hay el de las modas. ¿Cuántas veces habré hablado ya de ellas? Incontables.

Pero es que me parecen fascinantes. Me pica la curiosidad. ¿Cuánto de desesperado estás para llegar a ser alguien para una sociedad que muta en años? ¿Cuánto de desesperado estás para llegar a ser una especie de criatura que cambia de aspecto cuando se lo dictan? Dime, ¿cuánto?

Sí, tenéis razón. Hablo de los modernos actuales, mis amados hipsters. Pero es que son únicos. Nótese la ironía.

Dilataciones, tatuajes, piercings, teñidos. Víctimas. Os tengo que confesar que yo soy una amante incondicional de los tatuajes y los teñidos, pero de eso hace mucho tiempo ya, y no tengo nada de las dos cosas.

Lo que me parece increíble es que niños de 13, 14 años tengan piercings y dilataciones cuando todavía tienen una edad en la que yo jugaba a los Sims y los mataba de hambre, o simplemente hacía el tonto con mis amigas en la calle. ¿Ahora es normal? ¡Que sólo han pasado dos años, Dios! Patético.

Sí, que vale, tengo 15 añitos, pero es que se tiene que ser verdaderamente subnormal como para dejar que tus hijos lleven el labio inferior perforado, o el lóbulo de la puta oreja con un agujero mayor que el tamaño de su cerebro.

¿Para qué? ¿Para una moda? De verdad, que a mí me ven con eso mis padres y me queman. No lo encuentro normal.

De veras, que me indigno demasiado con el tema de las modas, aunque yo me haya dejado llevar por alguna, esta es verdaderamente y asombrosamente ridícula.

Me voy, indignada, a otra parte.


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Efímera inspiración [3]

Nunca pensé que llegaría a "caer tan bajo" (como dice Daniela), pero por lo que parecía, había caído bajo. Mejor dicho, había caído hasta las profundidades del hoyo del "caerbajismo".

Otro domingo por la mañana. Otra mañana con ella. Daniela me sostenía y prácticamente me llevaba a rastras hacia el psicólogo. Me dolía la cabeza. Me dolía MUCHO la cabeza. MUCHÍSIMO. Notaba como si mi cráneo fuese una caldera ardiendo. No veía bien. Notaba los ojos, pero como si fueran canicas. Me daba asco. Seguro que Daniela también sentía asco. Debía dar pena. Tenía la lengua seca, como rota. Ya nada podía salvarme de la mierda de vida que había escogido. Tenía que decírselo. Decirle que no podía más.


- Vamos, Dani, sabes perfectamente que esto no va a ninguna parte… - Intenté vocalizar, riéndome sin quererlo al oír mi voz. Sonaba oxidada. Como los cambios de una bicicleta después de mil años sin usarla. No podía mantenerme en pie, así que iba apoyándome en ella.

- Déjalo ya, Pablo. Tienes que ir, y lo sabes. Lo necesitas. – Me regañaba. Ya sabía esa frase. Me la conocía demasiado bien. Además, la pronunciaba sin sentimiento en la voz. Se estaba cansado de mí.

- No, no tengo porqué ir, joder. No tengo porqué seguir con esta mierda. Es... – Inútil, quise acabar. Pero no pude. Un vacío me rodeó. Los ojos me escocían y no sabía cómo continuar.
- Sí, debes ir. Explicar todo lo que sientes a alguien que sabe lo que te ocurre es bueno para ti y para tu vida. – No. No, Daniela, no lo es.


No era bueno para mí si le contaba a un tío que no conocía nada de mi vida algo que no le importaba. No era bueno para mí cuando sabía que el tío de blanco impecable que me miraba con ojos indiferentes y asentía cada treinta segundos cobraba por horas, y encima le pagaba mi madre.


Nada era bueno para mí…

- Te tengo a ti, Daniela. – Dije.

En realidad, se me escapó. No quise decirlo en voz alta. Pero lo dije. Ella me oyó, me miró. Me examinó el rostro. Esa mirada, esa mirada que echa cuando ve un problema de matemáticas en la pizarra. Esa mirada que echa cuando se concentra en algo. ¿En qué estaría pensado? En realidad, ya no importaba. Habíamos entrado en la consulta.

- ¿Pablo Méndez? – Me llamó Carolina. Esa mujer de casi ochenta años era la ayudante/enfermera/secretaria de Sam, Samuel Muñoz, mi psicólogo. Mi pesadilla.


Dirigí una última mirada a la chica de ojos tristes sentada en la sala de espera y entré.

Como siempre, el fuerte olor a colonia y viejo me tiró hacia atrás.
Como siempre, los enormes ojos azules de Samuel me miraron.
Como siempre, me preguntó si había bebido.

Y como siempre, le dije que sí.

- ¿Cuántas veces tendré que repetirte, Pablo, que no bebas? Es malo para ti, para tu hígado y para los demás. – Dijo, por 923840932984039890 vez en todo el mes.


Para los demás, YA. ¿Por qué? ¿Acaso les contagiaba mi resaca? ¿Acaso potaban? NO. Pues ya está, pensé. Pero luego me vino a la cabeza Daniela. Sam debió notarlo, ya fuera por mi cara o por mi postura, pero dijo:

- ¿Ves? No puedes seguir así. Debes cambiar. – Murmuró, sonriendo, señalando con el dedo mi silla delante de él y tomando su bloc de notas.

En vez de enojarme como siempre y mandarlo a la mierda, decidí hacer caso por una vez a Daniela y me senté.

- No puedo. No puedo cambiar. No puedo cambiar de grupo, ni de forma de vida. Esta es la vida que se eligió para mí desde lo de… - Intenté explicárselo, intenté abrirme a alguien, pero no pude. Mi boca se cerró de inmediato al intentar pronunciar su nombre, al intentar recordar lo que sucedió.

- Pablo… tu madre está muy agobiada a causa de tu problema con el alcohol y tu falta de asistencia a clase. Antes eras un bueno, Pablo: sacabas buenas notas, ayudabas en casa y tenías pensado ser médico. ¿Dónde se esconde ese chico? – Me dijo. Su tono de voz era afable, su mirada cálida, y su intención parecía buena.


Lo peor fue que casi me lo creí. Todo eso, las palabras y los pensamientos de Sam, eran de mi madre. ¿Por qué me enviaba a un psicólogo pudiendo hablar conmigo? Una única palabra se me pasó por la mente.

Miedo.

Esa palabra me atravesó el pecho, me hirió. Me sentí mal conmigo mismo. No quería seguir yendo allí. Quería explicárselo a mi madre; pero sabía que no sería capaz.

- ¿Pablo?

Supuse que había estado quizá unos diez minutos mirando al vacío.

- Sí, sí. Tienes razón, he cambiado. Tengo mis razones, pero no soy capaz de explicarte todo. No confío en ti. – Confesé. La verdad es que no se le notó afectado, cosa que me alegró pero a la vez me extrañó (estúpidamente). – No puedo contártelo a ti. Prefiero decírselo a Daniela, o hasta incluso a mi madre, contigo… No. Contigo quizá pueda sincerarme y contarte lo que me pasa durante el día, pero las razones… No. – Creo que nunca fui más sincero con Sam que con ninguna otra persona hasta ese momento.

- Te entiendo. Tienes todo el derecho a no contarme nada si no quieres.


Sonreí por primera vez en todo el día.

-

sábado, 17 de noviembre de 2012

Survivor


Todos somos preciosos, el problema es que la sociedad no lo ve así.
Todos valemos la pena, el problema es que no nos valoramos suficiente.
Todos somos alguien, el problema es que no lo vemos.

Siempre hay un problema para cada cosa. Todo puede cambiar si nosotros queremos y nos esforzamos.

Pero hay veces que… yo paso de cambiar.
Al final te cansas de todo y decides seguir adelante con lo que tienes, porque volviendo atrás no solucionas nada. Prefieres ir por el camino fácil y derrumbarte. Prefieres no cambiar.


Prefieres sobrevivir a vivir.


Eso es triste, lo sé, pero hay veces que no hay otra forma. Hay veces que nuestra mente nos bloquea la parte positiva y preferimos no hacer nada para evitar el desastre. Hay veces que la gente no nota que estás mal y tampoco se percatan de tu existencia. Eso es duro, lo sé, lo he sufrido y muchas veces lo sigo sufriendo, pero eso no es excusa para quedarte de brazos cruzados.


¿Sabéis lo que se puede hacer, de brazos cruzados? Bailar a lo irlandés.
Tomaos la vida como un chiste. Eso decían.

Eso intento, joder, eso intento. Intento sonreír pero lo único que surge de mí son lágrimas de dolor. Intento reír pero el llanto no me lo permite.

Si sonrío, que sea de felicidad, de satisfacción, de placer, de amor, de alegría. Si sonrío, que sea una sonrisa de verdad. No quiero falsos sentimientos ni falsas esperanzas si lo único que consigo sacar son lágrimas.



A veces tengo la sensación que no me comprendo.


En realidad, nadie lo hace.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Petó.


Ese sentimiento, esa sensación...

Cuando le ves. Notas cómo el mundo se va parando poco a poco. Cómo todo cobra otro sentido. Cómo tu corazón que creías muerto empieza a despertar y las comisuras de tus labios se elevan esbozando una sonrisa tonta en tu rostro. Tus ojos se iluminan. Tu voz se torna boba.

Sus ojos son de un color que a ti te encanta. Da igual cómo: marrones, miel, azules, verdes… Transmiten muchísimo más de lo que cree. Iluminan toda la sala. Cada mirada suya es un puñetazo en el estómago. Cada sonrisa, es algo que te mata por dentro. Porque a veces, piensas que esa sonrisa no es gracias a ti.

Su pelo, sus manos, su nariz, su cuerpo. Te enamora. No puedes evitarlo. Cuando te habla, su voz te hipnotiza, el movimiento de esos labios que besarías en ese instante te atonta.
Cuando está conectado/a, tu corazón se acelera. Cada palabra que sale de su boca es perfectamente melodiosa. Todo es genial. Perfecto.

Sólo falla algo. No lo sabe.

Y… ¿sabéis? Esa sensación, ese sentimiento…


Lo odio.













miércoles, 7 de noviembre de 2012

Efímera inspiración [2]



- Que no, Pablo, hostias, que me dejes. – Le gruñí, apartándolo de mí.

- Vamos, Dani, sabes perfectamente que esto no va a ninguna parte… - Gemía, riéndose y balanceándose de un lado a otro.


Era domingo por la mañana.  Andábamos por una calle oscura pese a que eran ya las once. Pablo tenía resaca, y yo, estúpida de mí, le acompañaba al psiquiatra. Otro domingo más presentándose al médico con alcohol aún en la sangre. Un aplauso al gilipollas.


- Déjalo ya, Pablo. Tienes que ir, y lo sabes. Lo necesitas. – Le intentaba convencer, cogiéndolo del brazo al torcer la esquina que daba a la consulta.

- No, no tengo porqué ir, joder. No tengo porqué seguir con esta mierda. Es... – Empezó la frase riendo, pero un sollozo escapó de entre sus labios secos.

- Sí, debes ir. Explicar todo lo que sientes a alguien que sabe lo que te ocurre es bueno para ti y para tu vida. – Dicté, casi de memoria. ¿Cuántas veces se lo había repetido ya en todo ese tiempo?

- Te tengo a ti, Daniela.

Eso me tocó hondo. Me explotó en la cara como una granada de mano. Nunca me había dicho eso. Siempre respondía chorradas como "Ese tío no sabe cómo soy", "Tiene cara de culo", etcétera. Esta vez, era diferente.


Mi amigo me miró a los ojos. Yo le miré a él. Tenía la cara roja, los labios hinchados y el aliento le apestaba a sucio. Su pelo, brillante color cobrizo, estaba grasiento y despeinado. La fiesta del sábado fue demasiado para él, pensé.


Eso era lo malo de ser Pablo. Fiesta que organizaban, fiesta que acudía. Daba igual dónde, cuando y quién, él siempre venía con un paquete de seis birras bajo el brazo. O eso me contaba. Yo era alérgica a las fiestas, no las aguantaba. Demasiado pulpo suelto.

- ¿Pablo Méndez?

Él ya había entrado cuando levanté la cabeza al oír el sonido de la puerta. Saqué de mi mochila el libro y un bolígrafo lila de punta fina. Desde que me lo entregaron, no me había separado de él.


Era de tapa dura color negro, y las hojas, algo amarillentas, desprendían un olor a papel viejo. Me encantaba. En él escribía todo lo que pensaba, todo lo que sucedía en mi vida, Pablo. La primera hoja seguía ahí, intacta, con esa frase que me conmocionó. ¿Quién me lo podría haber mandado? ¿Por qué? Eso daba igual, ahora me pertenecía y podía escribir todo lo que quisiera. Si tenía un mal día, lo escribía ahí y el peso en el pecho iba desapareciendo.


Virginia sabía que poseía ese cuaderno. Era la única de mis cuatro amigas que sabía eso. Pero nadie sabía que Pablo iba al psiquiatra, y menos que la perdedora de Daniela le acompañaba. Me sentía impotente. Quería chillarlo, gritarlo a los cuatro vientos, quería expresar todo lo que sentía a los demás como lo hacía con el libro.


Pero yo sabía que era imposible. Si me iba un poco de la lengua, Pablo no volvería a hablarme en su vida. Me pegarían a mí y se reirían de él. Si eso que estaba sucediendo entre los dos ya era un infierno insufrible...

- Hey, Dani.

Cerré inmediatamente el libro. Del susto que me dio, me puse de pie.

- ¿Qué? ¿Ya está? Pero joder, no hace ni dos segundos que has entrado. – Tartamudeé, intentando esconder el libro.

- Sí. Y he estado dentro casi dos horas, ¿es que no estás aquí? – Rió. Aunque seguía sucio por fuera, había mejorado. Estaba sonriendo, sus ojos brillaban y ya no se tambaleaba.

- Euh… Sí, sí, estoy aquí – Reí, incómoda. - ¿Vamos? – Propuse, señalando la puerta.

- Oye… - Susurró. Fue un murmullo casi inaudible, rozando el sonido del viento. Pero lo oí. –…gracias.


-


Matemáticas. Lunes por la mañana. El olor a humanidad era insoportable en el aula. Al menos cinco personas se estaban saltando clase en aquel momento. Entre ellas, Pablo. Suspiré, mirando por la ventana. Lejos, se veía el mar. Parecía de oro por el reflejo del sol. Mi compañero de mesa, Gorka, dormía plácidamente sobre los apuntes.


- ¡Daniela! ¡A la pizarra! – Me ordenó la profesora. Tenía al menos 890 años, unas gafas de montura marrón con cristal amarillento haciendo conjunto con sus dientes de fumadora compulsiva. Y lo peor: me tenía manía.

La pizarra en cuestión era blanca nuclear, enorme, llena de ecuaciones irracionales y bicuadradas. Su puta madre sabe hacer eso, señorita, quise gritar. Me callé, sonreí y me levanté de la silla, despertando a Gorka, que saltó del susto. 

- Hmmm… - Iba murmurando la profesora. – Bien. Vale… Sí.

Hallé el valor de X y volví a mi sitio.

- Vale, correcto. Veamos, ¿veis qué ha hecho Romero? Bien, pues…

Dejé de escuchar. Simplemente desconecté. Otra vez. Miré el reloj. Faltaban veinte minutos. Miré hacia la puerta. Estaban Pablo y su grupillo, riendo y corriendo. O eso veía a través del asqueroso cristal. Infantiles. Pesados. Estúpidos.


Por desgracia, mis amigas hacían física a esa hora, así que me encontraba sola en el aula. Para no morir de aburrimiento, me giré hacia Gorka y le sonreí tristemente.

- Puto sueño, hostia. – Gruñó. No recordaba que fuese tan… él. 2 de cada 3 palabras que soltaba, eran tacos.

- Síp. A ver si se acaba la clase de una vez ya. Qué jodido coñazo. – Intenté imitar su postura de malhablado pasota, pero me salía demasiado falsa. Parecía idiota.

Lo notó, y rió.

- Yo creo que algún día saldrá algo de su cabeza. – Dijo, señalando el pelo de la profesora. Era lila y era al menos 99'99% de laca, ya que ese peinado desafiaba las leyes de la gravedad.

- No veas. – Gruñí, imitándolo, poniendo voz grave y mirada a lo Clint Eastwood.

Eso nos hizo reír a los dos. Reíamos como idiotas. Reíamos como niños pequeños cuando otro decía "caca". En realidad, Gorka no era tan raro como creía.

- Destornillante, ¿eh, señorito Olmedo y señorita Romero? Tronchante. Incluso podrían hacer una comedia sobre las ecuaciones con tres incógnitas. Ja-ja-ja. – Nos regañó la profesora.


Pero qué asco me daba, Dios.

Qué asco me daba todo.

Miré otra vez hacia la puerta. El rostro de Pablo ocupaba todo el cristal. Me estaba mirando, con una sonrisa en la comisura de los labios.

-