sábado, 24 de noviembre de 2012

Metamorfos


A veces me pregunto qué hago aquí. Si estoy para molestar, si estoy para hacer algo con mi vida… Supongo que no soy la única que se lo cuestiona a veces. Tengo la esperanza de no estar sola en esto de vivir sin motivo. Y a veces, al pensar todo esto, llego a conclusiones tontas, a pensar cosas que hace la gente y no se da cuenta.

Mil veces me pregunto hasta qué punto podemos llegar para llamar la atención de alguien. Ponerse ropa distinta, cambiar de amigos, adelgazar, ser alguien que no se es. Y es algo triste, francamente. De vida sólo tenemos una, que yo sepa, y para malgastar el tiempo en alguien que no vale la pena me parece patético. Además, ¿para qué? ¿Adelgazar por alguien? ¿Cambiar de amigos por alguien? ¿Y si ese alguien no es como crees? ¿Qué harás con tu cuerpo, tu nueva vida? ¿La tirarás a la basura? Creo que no puedes hacer eso.

A parte del tema amoroso-platónico que podemos llegar a sufrir muchas veces, también hay el de las modas. ¿Cuántas veces habré hablado ya de ellas? Incontables.

Pero es que me parecen fascinantes. Me pica la curiosidad. ¿Cuánto de desesperado estás para llegar a ser alguien para una sociedad que muta en años? ¿Cuánto de desesperado estás para llegar a ser una especie de criatura que cambia de aspecto cuando se lo dictan? Dime, ¿cuánto?

Sí, tenéis razón. Hablo de los modernos actuales, mis amados hipsters. Pero es que son únicos. Nótese la ironía.

Dilataciones, tatuajes, piercings, teñidos. Víctimas. Os tengo que confesar que yo soy una amante incondicional de los tatuajes y los teñidos, pero de eso hace mucho tiempo ya, y no tengo nada de las dos cosas.

Lo que me parece increíble es que niños de 13, 14 años tengan piercings y dilataciones cuando todavía tienen una edad en la que yo jugaba a los Sims y los mataba de hambre, o simplemente hacía el tonto con mis amigas en la calle. ¿Ahora es normal? ¡Que sólo han pasado dos años, Dios! Patético.

Sí, que vale, tengo 15 añitos, pero es que se tiene que ser verdaderamente subnormal como para dejar que tus hijos lleven el labio inferior perforado, o el lóbulo de la puta oreja con un agujero mayor que el tamaño de su cerebro.

¿Para qué? ¿Para una moda? De verdad, que a mí me ven con eso mis padres y me queman. No lo encuentro normal.

De veras, que me indigno demasiado con el tema de las modas, aunque yo me haya dejado llevar por alguna, esta es verdaderamente y asombrosamente ridícula.

Me voy, indignada, a otra parte.


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Efímera inspiración [3]

Nunca pensé que llegaría a "caer tan bajo" (como dice Daniela), pero por lo que parecía, había caído bajo. Mejor dicho, había caído hasta las profundidades del hoyo del "caerbajismo".

Otro domingo por la mañana. Otra mañana con ella. Daniela me sostenía y prácticamente me llevaba a rastras hacia el psicólogo. Me dolía la cabeza. Me dolía MUCHO la cabeza. MUCHÍSIMO. Notaba como si mi cráneo fuese una caldera ardiendo. No veía bien. Notaba los ojos, pero como si fueran canicas. Me daba asco. Seguro que Daniela también sentía asco. Debía dar pena. Tenía la lengua seca, como rota. Ya nada podía salvarme de la mierda de vida que había escogido. Tenía que decírselo. Decirle que no podía más.


- Vamos, Dani, sabes perfectamente que esto no va a ninguna parte… - Intenté vocalizar, riéndome sin quererlo al oír mi voz. Sonaba oxidada. Como los cambios de una bicicleta después de mil años sin usarla. No podía mantenerme en pie, así que iba apoyándome en ella.

- Déjalo ya, Pablo. Tienes que ir, y lo sabes. Lo necesitas. – Me regañaba. Ya sabía esa frase. Me la conocía demasiado bien. Además, la pronunciaba sin sentimiento en la voz. Se estaba cansado de mí.

- No, no tengo porqué ir, joder. No tengo porqué seguir con esta mierda. Es... – Inútil, quise acabar. Pero no pude. Un vacío me rodeó. Los ojos me escocían y no sabía cómo continuar.
- Sí, debes ir. Explicar todo lo que sientes a alguien que sabe lo que te ocurre es bueno para ti y para tu vida. – No. No, Daniela, no lo es.


No era bueno para mí si le contaba a un tío que no conocía nada de mi vida algo que no le importaba. No era bueno para mí cuando sabía que el tío de blanco impecable que me miraba con ojos indiferentes y asentía cada treinta segundos cobraba por horas, y encima le pagaba mi madre.


Nada era bueno para mí…

- Te tengo a ti, Daniela. – Dije.

En realidad, se me escapó. No quise decirlo en voz alta. Pero lo dije. Ella me oyó, me miró. Me examinó el rostro. Esa mirada, esa mirada que echa cuando ve un problema de matemáticas en la pizarra. Esa mirada que echa cuando se concentra en algo. ¿En qué estaría pensado? En realidad, ya no importaba. Habíamos entrado en la consulta.

- ¿Pablo Méndez? – Me llamó Carolina. Esa mujer de casi ochenta años era la ayudante/enfermera/secretaria de Sam, Samuel Muñoz, mi psicólogo. Mi pesadilla.


Dirigí una última mirada a la chica de ojos tristes sentada en la sala de espera y entré.

Como siempre, el fuerte olor a colonia y viejo me tiró hacia atrás.
Como siempre, los enormes ojos azules de Samuel me miraron.
Como siempre, me preguntó si había bebido.

Y como siempre, le dije que sí.

- ¿Cuántas veces tendré que repetirte, Pablo, que no bebas? Es malo para ti, para tu hígado y para los demás. – Dijo, por 923840932984039890 vez en todo el mes.


Para los demás, YA. ¿Por qué? ¿Acaso les contagiaba mi resaca? ¿Acaso potaban? NO. Pues ya está, pensé. Pero luego me vino a la cabeza Daniela. Sam debió notarlo, ya fuera por mi cara o por mi postura, pero dijo:

- ¿Ves? No puedes seguir así. Debes cambiar. – Murmuró, sonriendo, señalando con el dedo mi silla delante de él y tomando su bloc de notas.

En vez de enojarme como siempre y mandarlo a la mierda, decidí hacer caso por una vez a Daniela y me senté.

- No puedo. No puedo cambiar. No puedo cambiar de grupo, ni de forma de vida. Esta es la vida que se eligió para mí desde lo de… - Intenté explicárselo, intenté abrirme a alguien, pero no pude. Mi boca se cerró de inmediato al intentar pronunciar su nombre, al intentar recordar lo que sucedió.

- Pablo… tu madre está muy agobiada a causa de tu problema con el alcohol y tu falta de asistencia a clase. Antes eras un bueno, Pablo: sacabas buenas notas, ayudabas en casa y tenías pensado ser médico. ¿Dónde se esconde ese chico? – Me dijo. Su tono de voz era afable, su mirada cálida, y su intención parecía buena.


Lo peor fue que casi me lo creí. Todo eso, las palabras y los pensamientos de Sam, eran de mi madre. ¿Por qué me enviaba a un psicólogo pudiendo hablar conmigo? Una única palabra se me pasó por la mente.

Miedo.

Esa palabra me atravesó el pecho, me hirió. Me sentí mal conmigo mismo. No quería seguir yendo allí. Quería explicárselo a mi madre; pero sabía que no sería capaz.

- ¿Pablo?

Supuse que había estado quizá unos diez minutos mirando al vacío.

- Sí, sí. Tienes razón, he cambiado. Tengo mis razones, pero no soy capaz de explicarte todo. No confío en ti. – Confesé. La verdad es que no se le notó afectado, cosa que me alegró pero a la vez me extrañó (estúpidamente). – No puedo contártelo a ti. Prefiero decírselo a Daniela, o hasta incluso a mi madre, contigo… No. Contigo quizá pueda sincerarme y contarte lo que me pasa durante el día, pero las razones… No. – Creo que nunca fui más sincero con Sam que con ninguna otra persona hasta ese momento.

- Te entiendo. Tienes todo el derecho a no contarme nada si no quieres.


Sonreí por primera vez en todo el día.

-

sábado, 17 de noviembre de 2012

Survivor


Todos somos preciosos, el problema es que la sociedad no lo ve así.
Todos valemos la pena, el problema es que no nos valoramos suficiente.
Todos somos alguien, el problema es que no lo vemos.

Siempre hay un problema para cada cosa. Todo puede cambiar si nosotros queremos y nos esforzamos.

Pero hay veces que… yo paso de cambiar.
Al final te cansas de todo y decides seguir adelante con lo que tienes, porque volviendo atrás no solucionas nada. Prefieres ir por el camino fácil y derrumbarte. Prefieres no cambiar.


Prefieres sobrevivir a vivir.


Eso es triste, lo sé, pero hay veces que no hay otra forma. Hay veces que nuestra mente nos bloquea la parte positiva y preferimos no hacer nada para evitar el desastre. Hay veces que la gente no nota que estás mal y tampoco se percatan de tu existencia. Eso es duro, lo sé, lo he sufrido y muchas veces lo sigo sufriendo, pero eso no es excusa para quedarte de brazos cruzados.


¿Sabéis lo que se puede hacer, de brazos cruzados? Bailar a lo irlandés.
Tomaos la vida como un chiste. Eso decían.

Eso intento, joder, eso intento. Intento sonreír pero lo único que surge de mí son lágrimas de dolor. Intento reír pero el llanto no me lo permite.

Si sonrío, que sea de felicidad, de satisfacción, de placer, de amor, de alegría. Si sonrío, que sea una sonrisa de verdad. No quiero falsos sentimientos ni falsas esperanzas si lo único que consigo sacar son lágrimas.



A veces tengo la sensación que no me comprendo.


En realidad, nadie lo hace.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Petó.


Ese sentimiento, esa sensación...

Cuando le ves. Notas cómo el mundo se va parando poco a poco. Cómo todo cobra otro sentido. Cómo tu corazón que creías muerto empieza a despertar y las comisuras de tus labios se elevan esbozando una sonrisa tonta en tu rostro. Tus ojos se iluminan. Tu voz se torna boba.

Sus ojos son de un color que a ti te encanta. Da igual cómo: marrones, miel, azules, verdes… Transmiten muchísimo más de lo que cree. Iluminan toda la sala. Cada mirada suya es un puñetazo en el estómago. Cada sonrisa, es algo que te mata por dentro. Porque a veces, piensas que esa sonrisa no es gracias a ti.

Su pelo, sus manos, su nariz, su cuerpo. Te enamora. No puedes evitarlo. Cuando te habla, su voz te hipnotiza, el movimiento de esos labios que besarías en ese instante te atonta.
Cuando está conectado/a, tu corazón se acelera. Cada palabra que sale de su boca es perfectamente melodiosa. Todo es genial. Perfecto.

Sólo falla algo. No lo sabe.

Y… ¿sabéis? Esa sensación, ese sentimiento…


Lo odio.













miércoles, 7 de noviembre de 2012

Efímera inspiración [2]



- Que no, Pablo, hostias, que me dejes. – Le gruñí, apartándolo de mí.

- Vamos, Dani, sabes perfectamente que esto no va a ninguna parte… - Gemía, riéndose y balanceándose de un lado a otro.


Era domingo por la mañana.  Andábamos por una calle oscura pese a que eran ya las once. Pablo tenía resaca, y yo, estúpida de mí, le acompañaba al psiquiatra. Otro domingo más presentándose al médico con alcohol aún en la sangre. Un aplauso al gilipollas.


- Déjalo ya, Pablo. Tienes que ir, y lo sabes. Lo necesitas. – Le intentaba convencer, cogiéndolo del brazo al torcer la esquina que daba a la consulta.

- No, no tengo porqué ir, joder. No tengo porqué seguir con esta mierda. Es... – Empezó la frase riendo, pero un sollozo escapó de entre sus labios secos.

- Sí, debes ir. Explicar todo lo que sientes a alguien que sabe lo que te ocurre es bueno para ti y para tu vida. – Dicté, casi de memoria. ¿Cuántas veces se lo había repetido ya en todo ese tiempo?

- Te tengo a ti, Daniela.

Eso me tocó hondo. Me explotó en la cara como una granada de mano. Nunca me había dicho eso. Siempre respondía chorradas como "Ese tío no sabe cómo soy", "Tiene cara de culo", etcétera. Esta vez, era diferente.


Mi amigo me miró a los ojos. Yo le miré a él. Tenía la cara roja, los labios hinchados y el aliento le apestaba a sucio. Su pelo, brillante color cobrizo, estaba grasiento y despeinado. La fiesta del sábado fue demasiado para él, pensé.


Eso era lo malo de ser Pablo. Fiesta que organizaban, fiesta que acudía. Daba igual dónde, cuando y quién, él siempre venía con un paquete de seis birras bajo el brazo. O eso me contaba. Yo era alérgica a las fiestas, no las aguantaba. Demasiado pulpo suelto.

- ¿Pablo Méndez?

Él ya había entrado cuando levanté la cabeza al oír el sonido de la puerta. Saqué de mi mochila el libro y un bolígrafo lila de punta fina. Desde que me lo entregaron, no me había separado de él.


Era de tapa dura color negro, y las hojas, algo amarillentas, desprendían un olor a papel viejo. Me encantaba. En él escribía todo lo que pensaba, todo lo que sucedía en mi vida, Pablo. La primera hoja seguía ahí, intacta, con esa frase que me conmocionó. ¿Quién me lo podría haber mandado? ¿Por qué? Eso daba igual, ahora me pertenecía y podía escribir todo lo que quisiera. Si tenía un mal día, lo escribía ahí y el peso en el pecho iba desapareciendo.


Virginia sabía que poseía ese cuaderno. Era la única de mis cuatro amigas que sabía eso. Pero nadie sabía que Pablo iba al psiquiatra, y menos que la perdedora de Daniela le acompañaba. Me sentía impotente. Quería chillarlo, gritarlo a los cuatro vientos, quería expresar todo lo que sentía a los demás como lo hacía con el libro.


Pero yo sabía que era imposible. Si me iba un poco de la lengua, Pablo no volvería a hablarme en su vida. Me pegarían a mí y se reirían de él. Si eso que estaba sucediendo entre los dos ya era un infierno insufrible...

- Hey, Dani.

Cerré inmediatamente el libro. Del susto que me dio, me puse de pie.

- ¿Qué? ¿Ya está? Pero joder, no hace ni dos segundos que has entrado. – Tartamudeé, intentando esconder el libro.

- Sí. Y he estado dentro casi dos horas, ¿es que no estás aquí? – Rió. Aunque seguía sucio por fuera, había mejorado. Estaba sonriendo, sus ojos brillaban y ya no se tambaleaba.

- Euh… Sí, sí, estoy aquí – Reí, incómoda. - ¿Vamos? – Propuse, señalando la puerta.

- Oye… - Susurró. Fue un murmullo casi inaudible, rozando el sonido del viento. Pero lo oí. –…gracias.


-


Matemáticas. Lunes por la mañana. El olor a humanidad era insoportable en el aula. Al menos cinco personas se estaban saltando clase en aquel momento. Entre ellas, Pablo. Suspiré, mirando por la ventana. Lejos, se veía el mar. Parecía de oro por el reflejo del sol. Mi compañero de mesa, Gorka, dormía plácidamente sobre los apuntes.


- ¡Daniela! ¡A la pizarra! – Me ordenó la profesora. Tenía al menos 890 años, unas gafas de montura marrón con cristal amarillento haciendo conjunto con sus dientes de fumadora compulsiva. Y lo peor: me tenía manía.

La pizarra en cuestión era blanca nuclear, enorme, llena de ecuaciones irracionales y bicuadradas. Su puta madre sabe hacer eso, señorita, quise gritar. Me callé, sonreí y me levanté de la silla, despertando a Gorka, que saltó del susto. 

- Hmmm… - Iba murmurando la profesora. – Bien. Vale… Sí.

Hallé el valor de X y volví a mi sitio.

- Vale, correcto. Veamos, ¿veis qué ha hecho Romero? Bien, pues…

Dejé de escuchar. Simplemente desconecté. Otra vez. Miré el reloj. Faltaban veinte minutos. Miré hacia la puerta. Estaban Pablo y su grupillo, riendo y corriendo. O eso veía a través del asqueroso cristal. Infantiles. Pesados. Estúpidos.


Por desgracia, mis amigas hacían física a esa hora, así que me encontraba sola en el aula. Para no morir de aburrimiento, me giré hacia Gorka y le sonreí tristemente.

- Puto sueño, hostia. – Gruñó. No recordaba que fuese tan… él. 2 de cada 3 palabras que soltaba, eran tacos.

- Síp. A ver si se acaba la clase de una vez ya. Qué jodido coñazo. – Intenté imitar su postura de malhablado pasota, pero me salía demasiado falsa. Parecía idiota.

Lo notó, y rió.

- Yo creo que algún día saldrá algo de su cabeza. – Dijo, señalando el pelo de la profesora. Era lila y era al menos 99'99% de laca, ya que ese peinado desafiaba las leyes de la gravedad.

- No veas. – Gruñí, imitándolo, poniendo voz grave y mirada a lo Clint Eastwood.

Eso nos hizo reír a los dos. Reíamos como idiotas. Reíamos como niños pequeños cuando otro decía "caca". En realidad, Gorka no era tan raro como creía.

- Destornillante, ¿eh, señorito Olmedo y señorita Romero? Tronchante. Incluso podrían hacer una comedia sobre las ecuaciones con tres incógnitas. Ja-ja-ja. – Nos regañó la profesora.


Pero qué asco me daba, Dios.

Qué asco me daba todo.

Miré otra vez hacia la puerta. El rostro de Pablo ocupaba todo el cristal. Me estaba mirando, con una sonrisa en la comisura de los labios.

-

lunes, 29 de octubre de 2012

Bienvenidos al teatro


Bienvenidos al teatro, zorras y capullos. Cierren los ojos y tápense los oídos, porque esto da para largo.

Nunca digáis nunca menos cuando penséis que nunca será nunca.

La vida está llena de putas contradicciones contra las que no podemos luchar. Nuestro camino hacia la libertad es largo y doloroso, y cuando nos damos cuenta de que es inútil, morimos y dejamos de existir. La vida es así, es una zorra astuta que nos conoce demasiado bien como para poder escapar de todo lo malo. Todas las cosas que hacemos nos marcan y nos llenan de cicatrices para que, así, cuando muramos, podamos ver la de gilipolleces que hicimos y lo idiotas que fuimos. Puedes morir cuando quieras y crear vida si lo deseas, pero, eh, no puedes vivir para siempre.

Como la vida es efímera, se nos escapa de las manos y nos quedamos anonadados viendo cómo pasa, se aprovecha de nosotros y nos usa como marionetas de sus propios juegos. Eso, amigos, se llama karma, destino, llamadlo como queráis, pero siempre habrá algo o alguien que sepa más que tú, que folle más que tú, que sea mejor que tú, que sea más tú que tú.

Para siempre es mucho tiempo para unos mortales como nosotros. Si fuésemos esa medusa asquerosa que se regenera, pues podríamos prometer la eternidad y jurar el cielo, pero como no podemos, nos jodemos y mentimos para sentirnos mejor con nosotros mismos y los demás.

Aprovecha el momento, no leas esto, cierra el ordenador, besa a un policía porque sí, gástate el dinero en gafas de pasta negra y sal a la calle con ellas puestas para que te peguen, tatúate el nombre de tu perro, rápate el pelo, depílate a lo brasileño y tírate a todo lo que venga.

Sé un loco, sal abajo a la calle con chanclas y calcetines, habla a las farolas, practica el Kama Sutra con un anime, emborráchate y pota, fuma y alucina, enamórate y sufre, llora y maldice.

Porque, joder, de vida sólo hay una y luego viene la gente estúpida con eso de las depresiones y los suicidios y todo el mundo se deprime unido y no es plan.

Así que tómate un trago, mira hacia el cielo, lanza la botella al mar y grita que nunca dirás nunca menos cuando pienses que nunca será nunca.

Incompleta

domingo, 28 de octubre de 2012

Incompleta


Tengo que confesaros que estos últimos días están siendo un infierno personal para mí.

Ahora mismo voy tapada como una esquimal (con mi característico moño, faltaría más) y estoy lamiendo una cucharada enorme de chocolate del Mercadona, rollo imitando a Nocilla pero más mala.

No me siento cómoda con mis propios pensamientos. Me siento ajena a mi propia personalidad. Ya dudo incluso de lo que quiero en mi vida.

Hoy, cuando mi madre me ha preguntado en qué coño me esfuerzo yo últimamente, he estado a nada de decirle:

'En sobrevivir, joder, en aguantar con mi propia presencia. En sonreír pese a estar muriéndome de asco conmigo misma. En no enviaros todos a la mierda cada vez que me hacéis esta puta pregunta. En creer que todo irá a mejor cuando no es así'

Pero en vez de eso, me he callado y ella ha hablado por mí: 'No te estás esforzando en nada'.
Bueno, mamá, papá, profesores: si de verdad creéis eso, tranquilos, yo no pienso cambiar.

Porque creo que así he nacido, y así moriré. Sin ser del todo feliz pero no del todo deprimida. 

En medio de los dos estados de ánimo absolutos, me mantendré neutral ante todo.


Cuando mire hacia adelante, veré la felicidad cubierta por un velo translúcido. Intentaré atraparla, pero no podré. Cuando mire hacia atrás, veré la depresión cubierta por un velo translúcido. Intentaré evitarla, pero no podré.

Y así estaré yo siempre, corriendo hacia la felicidad sin llegar nunca a experimentarla y huyendo de la depresión sin llegar nunca a caer en ella.


Porque así he nacido y así moriré.

Incompleta


Despierta


No sé por qué, no puedo soportar esto que siento.

Todo me sabe a poco. Las amistades, las risas, todo, es minúsculo e insignificante.

Me siento incompleta. Vacía. Triste. Sola. Deprimida. Nada me sale como yo quiero. Todo el mundo es perfecto y feliz menos yo. Mi vida está bien, pero yo no lo veo así.

Tengo ganas de matar a alguien. Me siento insignificante en un mundo lleno de gente genial. Todos saben qué quieren en su vida.

Todos menos yo.
Yo soy ese último grano de maíz que no se acabó de hacer en el microondas que nadie quiere.

Yo soy ese viejo rotulador medio gastado que nadie usa porque apenas pinta.

Estoy gastada.

Destrozada.

Seca.

Muerta.

Yo soy esas páginas en blanco del final de un libro. Están ahí, pero sobran para todo el mundo. No sirven para nadie, pero ahí siguen.
Soy mierda.

Inútil.

Sobro.

Molesto.

Yo soy la chica del fondo. Esa en segundo plano. La de detrás de alguien importante. En la sombra de los demás es donde vivo yo.
Soy invisible.

Nunca haré nada de provecho. Moriré sin ser nadie. Viviré una vida sin sentido. Moriré como he vivido, sin hacer nada.

Estúpida.

Creo que nunca seré lo que quiero ser. Nunca se cumplirán mis sueños. Ya que por eso son sueños. Porque dices "oh, sí me gustaría ser escritora" pero nunca lo eres. 

Porque TE GUSTARÍA. Si pudieras. Pero no puedes.


viernes, 26 de octubre de 2012

Comunes

Nunca he querido ser normal. Nunca he querido ni nunca querré caer en la ordinariez. Porque ser normal, en realidad, no existe. ¿Qué es ser normal? ¿Cómo se podría definir "normal"? 
Según nuestra amadísima RAE, "normal" significa:
<<Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural. Que sirve de norma o regla. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.>>

Vale, sí, yo tampoco lo entiendo mucho. Pero, ¿quién señala qué es normal y qué no? ¿Qué sería, entonces, ser raro? ¿No ajustarse al protocolo social? ¿No ser "ordinario"?

No lo sé, yo siempre he creído que la sociedad actual se contradice mucho. He aquí ejemplos diarios y reales que nos podemos encontrar.

"Estás gorda. Foca. No te quiere nadie." contra- "No somos nada superficiales, estamos en contra de la anorexia". "El físico lo es todo (véase anuncios, modelos, etc.)"

Y miles de millones más, que nos podemos encontrar fácilmente en la televisión, en la prensa, en nuestro entorno.

Pero... ¿normal? ¡Tú eres normal! ¡Yo soy normal! En realidad, somos TODOS normales. Tenemos un corazón, una cabeza, un cerebro (a veces se duda de eso), dos ojos, una boca, dos orejas, una lengua, un culo. Tenemos todo lo común en la raza humana.

Si es así, entonces, ¿quién cojones dictamina qué es normal? Como no, las modas y las personas influyentes. Y eso me da rabia. Me pone de los nervios. No quiero que una persona "famosilla" me diga qué es ser guay, normal, cool, LO QUE SEA. No lo quiero. Y la verdad, no hago caso de eso.

Pero la gente de nuestro entorno que sí que les hace caso, ¿qué? ESAS son las personas que nos juzgan, esas son las personas que, a pequeña escala, dicen lo que es común y lo que es, ya pasándose de listas, "diferente".

Si tuviera que definir la palabra "corriente" no sabría bien qué decir. Podría decir que no se sale de lo normal, que no llama la atención, que es una persona mayoritariamente "sosa". Pero quizá no diría la verdad. Podría ser una persona así como la he descrito pero esconder muchas cosas.

El ser normal o no está sobrevalorado.


De verdad, os lo juro, que nunca llegaré a entender 
la sociedad que hemos creado.

Efímera inspiración

-¿Segura? - Preguntó por enésima vez.
-Sí, joder, estoy segura. - Escupí, mirándole a los ojos.
-Entonces, no te entiendo.

Suspiré y miré alrededor. 'No quiero estar aquí', pensé. En realidad, no tenía la obligación de permanecer en ese sitio si no lo deseaba. En realidad, lo único que quería era salir volando por el gran ventanal que ocupaba la pared de detrás de Pablo. Pero, dentro de mí, necesitaba estar ahí. Necesitaba estar con él.

Una y otra vez, miradas incómodas surcaban la sala. '¿Quieres quedarte? ¿Segura? ¿Estás segura?'. Sí, Pablo, estoy segura. Quiero quedarme aquí contigo, hasta que venga tu puto médico, y yo pueda esperarte aquí. Esperaré lo que haga falta, Pablo.

-

En el instituto, era todo diferente. Él tenía su grupo de amigos, yo el mío. Todo cobraba otro sentido. Las visitas al médico pasaban a un segundo plano, y yo también. Nadie sabía que acompañaba al imbécil de Pablo al médico, al jodido psiquiatra. 
Nadie lo sabía, y a este paso, nadie lo sabría nunca.

-¿Estás bien, Dani? - Me preguntó Virginia. - Te veo pocha.

-Sí, sí. No, bueno, sí. - Dudé, mirando al cielo nublado del patio. - No me pasa nada.
-¡DANIELA ROMERO! ¡DANIELA ROMERO! ¡Preséntese en recepción, por favor! - Gritó una voz por el altavoz que daba al patio.
-¿Qué coño...? - Murmuré, poniéndome de pie y dirigiendo una mirada de confusión a mis amigas. 
-Te habrán dejado algo, quizá el desayuno.

Maldecí por lo bajo a mis padres. '¡Será posible!' Pensé. 'Si dejo el desayuno en la mesa de la cocina, será porque no quiero comer, joder'.


-Toma, cariño. - Me entregó la anciana secretaria.

-Gracias. 

Era un libro. Un libro de tapa dura. Lo abrí. No había nada escrito. Sólo una frase escrita en tinta negra manchaba la primera página del cuaderno. 


"Ésta es tu vida."


lunes, 22 de octubre de 2012

Far away

Ubi sunt?

¿Dónde están?
¿Dónde están esos momentos perfectos?
¿Dónde están esas personas inolvidables?
¿Dónde están los seres amados?
¿Dónde están esas sonrisas a media noche?
¿Dónde están esas mariposas en el estómago?
¿Dónde están las carcajadas con los amigos?
¿Dónde?

Lejos, lejos de aquí. Lejos de ti y de mí, lejos de nosotros, donde nadie les pueda encontrar. 

Muertos, muertas. Muertos para todos. Olvidados, idos. Lejos de nuestra memoria y nuestras mentes. 

Muertos. 
Muertas esas sonrisas que ahora se ahogan en un mar de agonía.
Muertos esos placeres de la vida que antaño disfrutábamos.
Muertos y olvidados, esos seres amados que nunca volveremos a reconocer.

Olvidados.
Olvidadas esas risas, esas miradas de complicidad, con seres que no vamos a volver a ver.
Olvidadas esas mariposas de enamoramiento repentino, olvidadas y muertas se encuentran en nuestra memoria.

Pero, ¿sabes qué? Quizá todo esto no esté tan muerto como creemos, quizá todos los recuerdos que creemos olvidados siguen ahí. 

Quizá, y sólo quizá, podamos volver a recordar cómo esbozar una sonrisa triste.